Diego L. García. Autonomía subterránea (o las patadas al payaso)

Josefina Ludmer ha acuñado el término “literaturas postautónomas” cuando en 2006 y 2007 diera a conocer dos ensayos en torno a este concepto que tuvieron una intensa circulación en Internet. En una nota que dio al diario Clarín en 2007 aclaraba al respecto: “Hoy todo lo cultural (y literario) es económico y todo lo económico es cultural (y literario). (…) Estamos ante el fin de una era en que la literatura tuvo una lógica interna y el poder de definirse y regirse ‘por sus propias leyes’ e instituciones -la crítica, la enseñanza, las academias, el periodismo- que debatían públicamente su función, su valor y su sentido. Es el fin de la autorreferencialidad de la literatura”[1].

Me parece que es necesaria una intervención actualizada sobre este tema. La polémica sería la siguiente: ¿Cuáles son los avances y las resistencias de la postautonomía, y qué alternativas tiene el concepto?

Con gran lucidez señalaba Ludmer, en la entrevista mencionada, que su concepto no apunta a pensar un gesto crítico contra la institución literaria sino una lectura de lo que denomina la “realidadficción”. Los autores que entrarían en esta propuesta no tendrían la intención de hacer una antiliteratura, como se denominó en los años 60 y 70, sino simplemente buscarían producir una obra situada, una obra en el margen. Las fuertes marcas que trazan vínculos hacia el exterior del texto parecieran ser en definitiva apuntes territoriales, líneas en un mapa, como quien usurpa un terreno y lo delimita precariamente. El margen es muy ancho. Y quedar en él no significa un desborde sino todo lo contrario: un asentamiento en una zona neutral (o, mejor dicho, neutralizada). Pero ¿neutral ante qué fuerzas?

Podríamos responder: ante lo político (en el sentido dado por Rancière). Es decir, el simulacro antipolítico de “lo neutral”, la malditización de las ideologías, que apuntalan el statu quo. Ludmer lo deja al descubierto: “Los libros que analizo no rompen definitivamente con la institución, pero se contaminan con elementos económicos, políticos, sociales, y crean un tipo de formación nueva, propia de la época de las empresas transnacionales del libro o de las oficinas del libro en las grandes cadenas de diarios, radios y TV. Son la literatura en la era de los medios”. La literatura en la era de los medios es una literatura que pacta con el lenguaje de los medios (que es lo mismo que decir “de las empresas”) y su lógica: el comentarismo, la rebeldía mediada por el departamento de control correspondiente, y toda una serie de operaciones consecuentes para no quedar afuera de la cinta de la gran producción.

Ahora bien, ¿qué más nos dice el planteo de Ludmer? Uno de los elementos de la postautonomía es la intromisión del autor en el texto. O la literaturización de la firma. El libro es eso que está ahí parado en el escenario haciendo monerías, la foto en Instagram con un nuevo corte de pelo, etc. Para ser más precisos, el libro es lo que el público lee en las monerías y en el peinado. En una era en la que un bife se ha vuelto un plato-de-autor, un bife que debe ser comido con la presencia del rostro-nombre de quien lo arrojó a la plancha, nos preguntamos si todavía sería posible un autor que encarne una operación más inteligente en pos de la centralidad textual.

Asimismo, la postautonomía implica el borramiento de los géneros, la transversalidad y el fin de las tensiones (constitutivas de lo que se llamó “campo literario”), y en este sentido nos parece que el concepto tiene todavía otra vuelta de tuerca por dar. Ese dejo de nostalgia y de juicio decadentista que acarrea el término “post” se puede interpretar como consecuencia de una incomodidad. Si lo que ha cambiado es fundamentalmente el modo de leer, es porque en principio ha sido también otro el modo de leer el mundo; la aceptación de la illusio postulada por Bourdieu ha empezado a resquebrajarse hace bastante tiempo. Ese acuerdo autor-mercado-público se sustentaba en una buena cuota de ingenuidad por parte del lector (que disimulaba su etiqueta de “consumidor”). Ahora que los trucos de magia se han vuelto aburridos y los niños dan patadas en el suelo al payaso, la literatura se ve en situación de desvío. No hay instituciones que la rijan ni definan, y muchas de las escrituras de estos tiempos (quizá las mejores) se ubiquen fuera del problema de una definición.

Ha circulado también el término “postliteratura”, generalmente como una crítica trivial a obras en las que no encajan los conceptos que se traen en el bolsillo. Tomarlo implicaría activar prejuicios que obturan justamente lo que las escrituras del desborde apuntan a destapar. Entonces, la pregunta es hacia dónde ir. El único camino que el autor despabilado debe rechazar es el de la ingenuidad. Ya no podemos seguir haciendo el truco del dedo cortado. No por contentar a un nuevo público, sino porque la mirada panorámica de la historia (esa nueva conciencia que todo lo disuelve en el presente según Ludmer)  debería ayudarnos a no chocar contra las mismas paredes. La implicancia del autor en la obra que resulta productiva es la que lo ubica como reemplazo de las instituciones tradicionales. El autor no solamente produce el texto, sino que decide sobre su posterioridad. En lugar de las viejas artimañas aparecen nuevas oportunidades (claro que no siempre exitosas) sostenidas por diversos grados de autosuficiencia.

 La densidad de este presente es otra. La absorción del pasado y la legitimidad de lo nuevo como excedente de toda definición institucional, lo convierten en un tiempo de ruptura. El concepto de literatura es violentado al quedar desamparado en esos callejones que antes no pisaba. El tránsito bien podría pensarse desde una forma de control a otra: de las clásicas instituciones (con su alto nivel de opresión) al control del autor (con su criticada ocupación de una parcela textual). El precio de la autonomía, que Ludmer ubica entre los siglos XVIII y XX, fue la sacralización de cierta literatura, mediante un juego de rápida absorción de lo emergente. Claro que siempre hubo resistencias, textos incontrolables y críticos audaces, pero nada pudo desplazar a la pregunta que cimentó las bibliotecas de esos siglos: ¿qué es la literatura? Hoy ya interesa mucho menos y esas “formaciones nuevas” que se crean en la época de las empresas transnacionales del libro también habilitan formaciones subterráneas que sí asumen una posición política como colectivos de pensamiento. La operación que estas realizan es sumamente interesante: Lo económico queda excluido y desviado a circulaciones gratuitas mediante las redes sociales o ferias independientes.; y la “realidadficción” comienza a leerse como el estallido de la homologación “ficción” / “illusio” (o aceptación de las Normas). Ahora estamos ante una materia agujereada, dispuesta a la “contaminación” pero sin ingenuidades para una avalancha caótica sino que una aprehensión más conciente de lo que antes era desechado correría por cuenta del proyecto autoral.

¿Habrá que pensar en una nueva literatura emancipada de las instituciones clásicas y al mismo tiempo autónoma con respecto del lenguaje de los medios capitalistas? La hemos llamado “subterránea” y creo que en ese cóctel está la clave de lo que ocurre hoy. Se trata de tensionar el espacio del autor, salvaguardar al texto en un circuito menos caníbal, liberarlo del automatismo mediático, desapegarse de las etiquetas decorosas y dejar de aplaudir lo que aburre. Esa es la tarea que le toca al escritor contemporáneo si no quiere ser un mero cosplayer deambulando por un centro comercial.

[1] http://edant.clarin.com/suplementos/cultura/2007/12/01/u-00611.htm

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