JUAN SALZANO. 7 POEMAS



s. lake





VIII


que me dejen, Simorgh, que me dejen
tirado sobre esta alfombra erizada
de enredaderas y ramas y rumores animales
que me dejen en la cálida
emponchada meditación de la vizcacha
en el despertar irracional de una proteína
de mi cuerpo ya sin mí
huésped kamikaze que irrumpe
luego del deshielo en la resurrección del colibrí
y si una célula inasimilable se desprende
de mi piel deleble y salta
de corteza en corteza
del cerebro al árbol y de éste al cerebro
cromodinámico que vive desperdigado en los plumajes
de todos los reinos de todas las horas
y se enfauna y se enflora
cepa frágil de inter-reinos
como una antigua operadora de la transmisión vegetativa
que ensanchara el sensorio hasta abarcar
el sudor inhumano de esta fábrica de impregnaciones
(de sí misma materia prima
la ola intensa y sus destellos)
que lo dejen a este primate
tirado sobre la alfombra irisada
de las efigies móviles y las especies que se deshacen
que pierda refugio el ex humano (este hechizo
recientemente exhumado)
y se rinda ante la experiencia, oh Simorgh
de la pasta blanda que somos
  
X
¿y de qué animal soy la saliva
que ahora desciende por el tronco
de un árbol calcinado por descuido
o torpeza de unos dedos que no saben
sostener con fuerza el fósforo
apenas lo suficiente como para hundir
su agitado corazón azul
en el puchero ebúrneo que entremezcla
la savia que persiste en la corteza
y la feral saliva que desciende
hasta recostarme líquido en el pasto?
 XIII

a Reynaldo Jiménez


hay un aura en el mono que acá en la uña te nace hay un arpa
en la salva que roza la despierta luna del cuerpo la creciente
branquia en la lúnula que respira como si nada ni nadie hubiera
inanimado como si cediera la materia a sus temblores si conatos
animales te inspirasen la vertiente del vértice la vértebra te tiente
al tanteo de cada endoprimate que te habita cada zoo en la cutícula cada
clamor o clave de quien berrea en cada poro sea el nervio
quien remueva sus matrices sus bestias aurales cuando la uña
que refleja ese hilo feral ya te aleje de humanoide frontera que la estrella
primitiva se te imprima en el surco de la frente nunca frente sino
fronda esas ondas de la selva circulando por tus venas sean las salvas
que te rozan las crecientes lunas ferinas tus neandertalinas
fuentes de involución hacia el saurio su columna reptiliana que virase
tus vertebranquias hacia el suelo el cuerpo a tierra del consuelo
del que abraza las toperas de arenisca con los dientes del que repta
aferrado con los gestos a su liana a tu cuerda amazónica que vibra
como si nada ni nadie hubiera nunca sin vida sean las ariscas
contorsiones tus múltiples cuerpos disparando sin raíces las razones
no te habiten de más no te tapen las nieves si fulgores oxigenan
los cantos los tiñen de proezas de incertezas como si acá hubiera
una imposible fijeza la aventura celular de los que acunan
evanescentes animales que intermiten ademanes de una danza
interminable la que orea el esqueleto cuando polvo vivo de natura
se vuelve como si nada hubiera nunca sin la fuerza que te mueve
XX
monstruo flujo monstruo menstruo
mantra un entre de ingrávido trino
recorre mis escamas una por una
hasta minar el cuerpo y su intacta telaraña
trino guía o más bien trino
brujo que dispersa el tímpano de leche
y lo adhiere a la paciencia abisal
de un iceberg que lentamente se desangra
el témpano vivo adelgaza al invocar
el viaje del trino el enfático trineo
por cada viraje transpira una bruma
sin escamas vuelve el cuerpo hecho glaciar
monstruo vaina menstruo slalom
si hubiera acaso un pensamiento hialino
para rozar esta crin apenas de un hachazo
o la crisma bajo hechizo de esta reciente amebaba
monstruo halo maestro hielo si me
autoiniciara
  
Estos poemas pertenecen al libro Ameba Maga (2.0.1.3. editorial, Ciudad de México, 2014 / Hekht, Buenos Aires, 2015).

18
“¡Hipercolibrí, lanza relámpagos!”
Ametrallado el cactus por las balas de polen
que perdimos en la prehistoria. Vomitado todo
lo que había que vomitar. Elegantes
y descastados, casi el resto sucio
de los banquetes, un escozor para cada minuto,
como trompos en el centro de la ronda
de trompadas, esquivando los nudillos, dedicamos
un encomio a la que nadie quiere ni aprecia. Su defensa
nos inflama en su algo, el no sé qué de
petardismos o infantelios. Más
que apólogos o menos: adheridos
a su goteo desde hace siglos.
Bien fundidos, sin excusas, a sus trompas
que succionan los afectos y devuelven
todo lo que hay que devolver: joyeles
de los bríos en montura yerma, en la hoja
de doble, triple filo; los sentidos
múltiples del coro. Esa hija
del motín celular: superpuesta
a sus celdas. La que nadie
quiere ni aprecia ni requiere
defensores, la que planta su impresencia
en el centro inestable del musgo, la que
cimbra el desencanto y lo deshace; es en ella, desde
ella que soplamos; es ahí, en la inocencia que se asoma
en el cactus ametrallado o en
cualquier parte. 


21
“¡Hipercolibrí, lanza relámpagos!”
Caminamos con dificultad entre la gente.
Nos cuesta estrechar la mano
sin perder la piel. Nadie sabe
del dolor del pasto en la boca, la postiza dentadura
derritiéndose cada noche
como leche llagada entre las manos: los violentos
desvelos, las pupilas obsesivas de las moscas
observándolo todo, los intentos
de no besar seguido.
Muy pocos registran –aunque algunos juran
pasarlo por alto– el esfuerzo que implica
domeñar el encendido espinazo
que se abre paso a tajo limpio, el peso
de su mosaico de escamas
cuando atraviesa la piel de la espalda
al primer abrazo de la mañana: la fingida torpeza
de esconder sin éxito
los colmillos, la lengua filosa, este frágil
corazón de reptil. 
  
27
“¡Hipercolibrí, lanza relámpagos!”
Nos pusimos ese chivo eléctrico al hombro
y partimos como un petardo de la metrópolis, la que lejos
bufa o bala para atraernos a su tedio, a su ajado
tomacorriente, eterno lamento, para traernos
de vuelta a su voltaje de humanoides rudos
o raídos, poco importa si se les tuerce
la ropa pero jamás el cuore, ni se les curva
apenas el ánimo o el oído, ni un poco de látigo
nebuloso en la visión, y de sus contracaras
igual de tediosas partimos, lejos del amontonado
cacareo, bien lejos de su ruido hacia glaciares
que en silencio meditan partimos, expatriados,
con el hambriento animal a cuestas, con su hambre
de crestas blancas e inmensas, de horizontes
fríos y vientos y esponjosos espacios sin eco,
donde nunca hubo parlantes que vocearan
los inéditos voltios de este chivo que llevamos
o nos lleva hacia un modesto enchufe esquimal  
donde su hambre y su electricidad tengan sentido. 

Estos poemas pertenecen al libro inédito Hipercolibrí.
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